sábado, 8 de octubre de 2011

"La piel que habito": Almodóvar ataca de nuevo (a las mujeres)

La piel que habito (2011) ha sido promocionada – y así la ha jaleado la crítica oficialista – como una película innovadora dentro de la filmografía de Pedro Almodóvar, por su estética minimalista y por tratarse de una especie de thriller psicológico. A esta espectadora, en cambio, le ha parecido más de lo mismo, donde el más debe entenderse en sentido cuantitativo: como una intensificación de sus obsesiones (misóginas) de siempre.
Desde sus inicios, como bien ha señalado la crítica no oficialista, el cine de Almodóvar se caracteriza por una banalización y frivolización, cuando no explícita apología, de la violencia contra las mujeres. Ya en su primer filme, Pepi, Luci, Bom… (1980), se frivoliza la violencia de género a través del personaje de Luci, quien anhela una pareja que la maltrate y es feliz cuando finalmente su marido le da una paliza que la manda al hospital. Algo similar ocurre con el personaje de Agrado en Todo sobre mi madre (1999), quien bromea en más de una ocasión sobre las palizas que ha recibido. Sin embargo, peor aún que el tratamiento de – valga la redundancia – los malos tratos es el de la violación, una obsesión recurrente en la filmografía almodovariana. La violación aparece frivolizada en Matador (1985), con las burlas al “pobre” chico que no es capaz de consumarla, y en Kika (1993), con la divertidísima – o así debe verse – violación que sufre el personaje de Verónica Forqué, y legitimada en Átame! (1989), donde Marina, la mujer secuestrada por el psicópata Ricki, acaba enamorándose de él y consintiendo lo que, en el fondo, constituye una violación. En Hable con ella (2002), la legitimación se convierte en abierta apología, en la medida en que la violación de Alicia, una mujer en coma, por el enfermero (de significativo nombre) Benigno es presentada como un acto de “amor” y, más aún, como la salvación/sanación para la mujer: a resultas de ella, Alicia sale del estado de coma en el que había estado sumida durante cuatro años.
Parecía imposible llegar más lejos en la expresión cinematográfica de la misoginia, pero Almodóvar se ha superado a sí mismo en su última película. La piel que habito podría leerse como una réplica a las críticas feministas que han denunciado su tratamiento de la violación, sobre todo en Átame! y Hable con ella, y, de hecho, establece una evidente intertextualidad con la primera: el argumento gira en torno al secuestro de una mujer, el secuestrador es intrepretado por el mismo actor, Antonio Banderas, y contiene una escena de cama entre secuestrador y secuestrada con claras reminiscencias visuales de la que tiene lugar entre Marina y Ricki cuando ella acepta su “amor” por él.
Sin embargo, se trata de una réplica que podríamos calificar como “con recochineo”. En primer lugar, el cuerpo femenino aparece altamente sexualizado, como un mero objeto expuesto para el placer voyeurístico del espectador (masculino heterosexual, se entiende), el cual puede identificarse con el voyeurismo del protagonista, Robert, cuando contempla a Vera a través de una pantalla gigante. En segundo lugar, es sometido a diversas formas de violencia. En un primer nivel, está la violencia simbólica que sufre la mujer de Robert: un accidente de tráfico le provoca graves quemaduras en todo el cuerpo y le deja la cara deformada; algún tiempo después, se suicida tras ver su reflejo en la ventana. El accidente representa implícitamente un “castigo” por su adulterio con Zeca. No es la primera vez que el presuntamente subversivo Almodóvar “castiga” a las mujeres que incumplen la moral normativa: baste recordar al personaje de la monja que interpreta Penélope Cruz en Todo sobre mi madre, quien muere de sida tras (¿como castigo por?) su relación con un transexual.
Luego están las dos violaciones que presenciamos, la de Vera primero, a manos de Zeca, el hijo del ama de llaves, Marilia, y hermano de Robert (aunque, en plan culebrón, ninguno de los dos lo sepa), y la de la hija de Robert, Normita, a manos de Vicente, un chulo de pueblo, después, aunque cronológicamente este suceso sea anterior. Un análisis superficial nos llevaría a la conclusión de que Almodóvar ha roto con su anterior frivolización/apología de la violación. En el caso de Normita, y al contrario que en Hable con ella, en ningún momento se presenta como un acto de “amor”, no sentimos empatía alguna por el violador y la chica no sólo no se cura gracias a la violación, sino que se suicida a consecuencia de ella. Pero la cuestión no es tan sencilla: el carácter hasta cierto punto grotesco del trauma de Normita (se niega a tener contacto con ningún hombre, ni siquiera su padre, y se encierra en un armario, gimiendo como un animalito, cuando éste la visita en el psiquiátrico), sobre todo si tenemos en cuenta que la violación no llegó a consumarse porque ella se desmayó, anula en gran medida el componente de denuncia. En el caso de Vera, aunque la violación es presentada como violenta sin ambages, adquiere también un tinte grotesco por el disfraz de tigre de Zeca y supone, como ocurría en Hable con ella, la (retorcida) salvación de la mujer: “gracias a” Zeca, Vera sale de la habitación donde estaba encerrada y ello es lo que facilitará su posterior liberación.
Pero la mayor violencia que exhibe la película se halla en la reconstrucción del cuerpo de Vera que lleva a cabo Robert mientras la mantiene encarcelada en su casa y vigilada con cámaras veinticuatro horas al día. Al principio sólo sabemos que le ha hecho transplantes transgénicos de piel, nada menos que de cerdo, la cual resulta sorprendemente “muy blanda”. Más tarde descubrimos que Vera es en realidad el violador de Normita, a quien Robert ha secuestrado, sometido a una vaginoplastia y luego a una larga serie de transformaciones físicas. Originalmente, como dije, no se establece ninguna empatía hacia este hombre e incluso podemos compartir el deseo de venganza que impulsa a Robert. Es más: desde un punto de vista psicoanalítico, casi podríamos aplaudir lo que hace, pues, ¿qué mayor castigo para un violador, a quien mueve un ansia desaforada de poder sobre las mujeres, que ser transformado en una de ellas? De nuevo, y lamentablemente, Almodóvar anula el potencial componente de denuncia: conforme avanza el “tratamiento” de Robert sobre quien ya es Vera, vamos viendo a Robert como un mero torturador sádico, de tal manera que, aunque el recorrido sea bastante más sinuoso, al final terminamos, como en Hable con ella, empatizando con el violador. Sobre todo, y ésta es una de las claves del poder de manipulación de Almodóvar, porque inicialmente habíamos empatizado con él como mujer.
Mencioné el diálogo que La piel que habito entabla con Átame! En un principio da la impresión de que Vera, al igual que Marina, se enamora de su secuestrador: le propone a Robert convivir como una pareja “normal” y se comporta de forma seductora hasta conseguir que él reconozca que, cual moderno Pigmalión, se ha enamorado de su obra e intente hacer el amor (?) con ella. Pero el resultado final es muy distinto al de la película anterior. En primer lugar, el acto sexual no se consuma porque, supuestamente, a Vera le produce dolor la penetración y, en segundo lugar, mientras que Átame! terminaba con los planes de boda de Marina y Ricki, al final de La piel que habito Vera mata a Robert y a Marilia, y escapa del caserón en el que ha pasado seis años encerrada. Su aparente enamoramiento tenía, pues, por objeto la venganza, algo por otra parte comprensible (lo incomprensible era el síndrome de Estocolmo de Marina en Átame!). El porqué de la distinta reacción de ambas protagonistas es muy simple (por no decir simplista): aunque Vera tenga ahora un cuerpo femenino, es en realidad un hombre (por eso tampoco consintió la violación de Zeca). El mensaje implícito parece ser que si hubiera sido de verdad una mujer, se habría enamorado de su captor. Las mujeres son débiles y ansían ser violadas. Los hombres, no: sufran lo que sufran, y aunque su cuerpo sea radicalmente transformado, mantendrán incólume su masculinidad, que parece consistir (para Almodóvar) en agresividad y violencia... contra las mujeres que la desean.